¿Quedamos a tomar café?

Yo me dispongo a tomarme algún que otro cafetito mientras tecleo, intentando pensar con cada sorbo y escribir entre uno y otro disfrutando de un momento especial en el que pueda volcar ideas, opiniones, sobre libros, música, imágenes, dar rienda suelta a algún que otro desvarío, desahogar algún grito, espero que también algo de humor, a través de esta gran ventana virtual.

Abierta queda. Si alguien quiere tomarse un café conmigo bienvenido sea.

martes, 12 de mayo de 2015

De dragones y princesas

 
 De dragones y princesas están los cuentos llenos, llenos vienen los cuentos de batallas y besos. Besos de amor y despedida, a veces, pocas, sinceros. Falsos las más de las veces. Veces en las que el sapo sólo es un sapo y el príncipe duerme sin que el beso le despierte. No quiere despertarse el príncipe, no quiere luchar contra el dragón ni besar a la princesa de doradas trenzas. Con sus largas trenzas quiere atar la princesa al dragón para que deje de guerrear sin ton ni son. No son príncipes ni dragones lo que quieren las princesas, ni ser trofeo en la batalla ni princesas en el cuento. Cuento que sin besos ni batallas, sin reyes y dragones, ni azul sapo, ni roja manzana, sólo verruga en la nariz de la bruja le queda, pues hasta las pócimas y los conjuros con viento fresco se han marchado. Viento que empuja a la bruja, que empuña la escoba, que barre las hojas del cuento. Blancas las hojas, vacías ya de letras y sueños han quedado. Sólo un minúsculo punto sin rumbo quedó en ellas olvidado. Y yo, que ya nada puedo hacer por rescatar al dragón, ni luchar con la princesa, ni despertar al príncipe, ni ofrecer la manzana al sapo para que la bese, ni sacar a bailar a la verruga y su bruja, sin miramientos ni delicadezas atraparé al punto despistado, para, azulín azulé, acabar con un cuento que nunca lo fue .
                                                   

jueves, 30 de abril de 2015

Rincones y balcones

Estoy un poco dispersa últimamente. Bueno, en realidad es más de lo mismo. Tiempo escaso conjugado con ánimo variable más la ausencia de los hados propiciatorios y la fuga de las musas con los hados me dejan chapoteando en los márgenes del blog mientras pasan los días sin que salga nada debidamente armado. Pasó el día del libro sin que por aquí apareciera ninguno, las ideas no consiguieron materializarse en nada concreto. Se nos acaba al mes, la casa sin barrer y yo con estos pelos. ¡Algo habrá que hacer! Como ya he hecho en alguna otra ocasión en el que las palabras me esquivan he decidido recurrir a las imágenes, mucho más dóciles y fáciles de tratar y que, además de contarnos sus historias, nos alegran la vista.

Aunque sean un recurso muy manido, o precisamente porque lo son, creo que no hay mejor forma de despedir abril y recibir el mes de mayo que con flores.
Rincones y balcones floridos que con su luz y sus colores darán un poco de vida al salón del café que tengo un poco polvoriento y desvaído. De paso aprovechamos que ya nos tocaba, para hacer un pequeño viaje por unos pueblos preciosos que os animo, como siempre, a conocer.

Hoy, que no estoy yo para mucha literatura, os cuento directamente que os llevo a Cantabria. Sí, otra vez al norte, qué le vamos a hacer, la cabra tira al monte y yo con ella, siempre p’arriba. Pero esta vez no vamos a ver el mar, nos quedamos en el interior. En sus valles, entre sus montañas, en sus pueblos. Piedra y madera, balcones y galerías llenas de flores. Un puñado de rincones en un puñado de pueblos. Una muestra muy pequeña para incitaros a querer abrir el objetivo y mirar más allá todo lo que los rodea. 

¿Os animáis? 









Rincones así se pueden encontrar casi en cualquier pueblo de Cantabria, pero estos están repartidos entre Bárcena Mayor, Carmona, Mogrovejo y Potes. ¿No os quedáis con ganas de doblar la esquina y seguir callejeando?

¡¡Feliz fin de semana largo!!



viernes, 17 de abril de 2015

Esta vez le tocaba a él decidir

   Salió de la consulta del médico con la vista perdida y un sobre debajo del brazo. Sin saber bien cómo, se encontró en la calle. Durante un segundo miró desconcertado a izquierda y derecha y tras unos instantes de vacilación echó a andar hacia la izquierda con un encogimiento de hombros. ¡Qué más da! pensó. Si la muy cabrona está esperándote a la vuelta de cualquier esquina para ponerte la zancadilla y sigue esperando a que te levantes para volver a tumbarte. Será posible…

   Toda la vida intentando escapar y toda la vida volviendo sin conseguirlo. Frustrado y rabioso siente como las lágrimas ardientes le corren por la cara sin poder controlarlas. Camina sin ver mientras su cabeza se convierte en un hervidero en el que se agolpan y chocan unas ideas con otras, confusas y revueltas. Y entre esa maraña donde se dan cita al mismo tiempo, amontonándose y superponiéndose, formando un caótico amasijo de emociones, hay una que consigue abrirse paso sobre la incomprensión o la tristeza sin que él se lo proponga y unas palabras se escapan de entre sus labios apretados concentrando toda la mala hostia que en ese momento le corre por las venas: ¡Qué hija de puta!

   Siempre intentando sacudirme una vida que no me ajusta, agotando las fuerzas y las ilusiones en el intento. Tantas mañanas, joder, agarrándome los hombros, obligándome a mirarla de frente, sin opción de replica. Avisándome. Enseñándome la soga que me ata a las obligaciones, a las deudas, a los afectos. Esperando...

   Esperando el tiempo de poder elegir, de poder decidir. De abrir la puerta y salir dando un portazo sin volver la cabeza. Lo malo era encontrar la ventana abierta de cuando en cuando. Imposible resistirse. Antes de darme cuenta, ya estaba otra vez probando a volar, sabiendo de antemano que cada escapada llevaba impresa la fecha de caducidad. Sabiendo que otra vida era posible, pero siempre demasiado lejos. Eso era lo peor de todo. Resignarse.

   Tantos años aguantando, joder, esperando. Con las ilusiones gastadas, con las piernas cansadas de caminar, con los ojos agotados de mirar… y ahora que creía tenerla al alcance de la mano… se me vuelve a escapar.
¡Qué hija de puta la vida!


   Se paró de golpe. No. Esta vez no. No pensaba pasar por ahí. Cogió el sobre con los resultados de las pruebas que le decían dónde exactamente había decidido la cabrona que iba a ponerle el punto final, se acercó hasta la papelera más cercana y lo tiró con rabia. Con paso decidido, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, cruzó la avenida. Esta vez no. Esta vez le tocaba a él decidir.

domingo, 12 de abril de 2015

Pequeño gran amigo



 Pequeña bola blanca, peluda y suave.
¿Cómo puede algo tan pequeño ocupar un lugar tan grande en nuestras vidas?
Raudo ha pasado tu tiempo con nosotros.

Tan breve tu tiempo. Pero que profunda su huella.
Qué fácil quererte aún sin compartir cada día.
Qué duro trago saber que ya no estarás ahí otro día más.

Nunca sospeché que esta única dentellada que nos das con tu marcha fuera a doler así.
Renuncio a ponerme en el lugar de los que han compartido el hogar contigo.

¿Quién acudirá a recibirme con tanto alborozo de brincos y lengüetazos en mi próxima visita?

Pequeño duende ladrador. 
¡Qué vacío dejas!

martes, 24 de marzo de 2015

Y la ganadora es...

Entrada rápida para anunciaros que vuestros votos han decidido que la ganadora sea la 
FOTO NUMERO 8

Muchas gracias por vuestra colaboración. A mí me cuesta mucho decidirme, por eso de que todas son hijas mías y todas tienen algo que me parece especial. 

Aunque la más votada ha sido la ocho, los votos han estado bastante repartidos, así que he pensado que también repartiré el tiempo de primavera entre las más votadas. La ganadora ocupará el podio durante más tiempo, pero intentaré ir renovando la foto para que las que se han quedado cerca también pueden lucirse durante unos días. 

¡¡Feliz primavera!!

sábado, 21 de marzo de 2015

Los almendros lo dicen

Sucedió anoche, poco antes de que dieran las doce. El sol se colocaba a la altura del Ecuador dando lugar al Equinoccio, ese momento en el cual la luz y la oscuridad se dividen las horas del día a partes iguales y marca el inicio de la primavera. A partir de este momento, el sol irá acaparando más y más horas de dominio, calentando la tierra y el aire para alegría de muchos y resignación de algunos, entre los que me cuento.

Todos sabemos sin embargo, que esta conveniencia no se ajusta para nada al relevo real y mucho más difuso e impreciso entre el invierno y la primavera. A mí, sin previo aviso, me lo cuenta una mañana el aire en cuanto pongo el pie en la calle. Ese día sé que el invierno ha claudicado y suele suceder en algún momento del mes de febrero. Ya sé que mi criterio no es nada científico pero hay un signo inequívoco y objetivo que estoy segura de que todos podremos aceptar como válido y es el momento en el que florecen los almendros.

El invierno no está aún derrotado, pero ellas, desafiándolo, humildes y hermosas, salpicando de blanco y rosa las desnudas ramas del almendro nos anuncian sin ningún genero de duda que un año más la primavera ha vuelto.

Hoy, primer día oficial de la primavera suyo es el protagonismo. 
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¿Qué os parecen? Están hechas en La Quinta de los molinos, aunque en casa siempre nos referimos a él como el Parque de los almendros J)
Os propongo que me ayudéis a elegir entre ellas a la foto que, en la columna de la derecha, presidirá este tiempo de primavera en el blog. ¿Os apetece? Solo tenéis que votar por la que más os guste, para ayudaros les he puesto número. Y si os cuesta decidiros, no os quedéis solo con una, podéis votar por dos o por tres…  
¡¡Espero vuestra ayuda!!


domingo, 15 de marzo de 2015

Aventuras y desventuras de un par de pantalones. O de como la reconversión les dio una nueva vida.


Érase una vez que se era, un precioso pantalón de pana rosa. Era una pana muy fina y sutil, suave y cálida, de un pálido y discreto color rosa palo. Ya no recuerda qué manos le dieron forma, quién lo transportó hasta la tienda ni quien lo metió en una bolsa, pero sí recuerda el armario de clara madera que lo acogió en su nuevo hogar y las manos que lo acariciaban cada vez que lo escogían entre las demás prendas que compartían armario con él. También recuerda el día que llegó su compañero de percha, otro pantalón de pana de un vivo color rojo, porque desde el primer encuentro se llevaron muy bien. Sentían una afinidad especial, tal vez por compartir el tejido de pana y aunque rivalizaran a la hora de ser elegidos por su dueña, se trataba de una rivalidad sana y deportiva porque sabían que el contraste de sus colores los hacían complementarios y las posibilidades estadísticas de ser elegidos eran muy similares. Había otros pantalones con muchos más problemas porque un vaquero oscuro es un rival mas potente de un vaquero claro y dos pantalones negros, aunque sean de distinto corte se hacen una competencia mucho más feroz. Así que el pantalón de pana rosa y el pantalón de pana rojo se hicieron grandes amigos.

El día que les tocaba salir de casa bien ajustados al cuerpo de su dueña, se sentían orgullosos de marcar la forma de su cuerpo y prestarle su calor y belleza. Era estupendo estar en la calle, ya fuera a la luz del día o bajo las luces de la noche, con tanta gente, tantos colores y tanto ruido, aunque no les gustaba nada que los sacaran en días de lluvia, la humedad no les sentaba bien a ninguno de los dos. Cada mañana al salir del armario se preguntaban nerviosos con quién les tocaría compartir el día, si con la chaqueta negra o con la blusa blanca, porque no con todas las prendas se llevaban igual de bien, siempre había más roces con unas que con otras, una tirantez por aquí, un desajuste por allá, pero todo era preferible a permanecer encerrados en las penumbra del armario. 

Así trascurría su dichosa vida de pantalones, hasta que, casi al mismo tiempo, los dos se vieron abocados a la misma desgracia. El mal del pantalón ajustado entre unos muslos que se rozan al caminar. No hay tela que resista sin inmutarse el constante rozamiento a la que es sometida en unas circunstancias de uso habitual. Nuestros protagonistas fueron víctimas de su popularidad. Ellos, que tan orgullosos estaban de contarse entre las prendas favoritas de su dueña, tuvieron que enfrentarse al duro trago de ver como se ajaba su pana hasta desaparecer en aquellos puntos donde el roce era inevitable, y aunque el resto de su superficie permaneciera impecable y su color apenas hubiera sufrido por los constantes lavados, sabían que en el momento en que la trama del tejido, desprotegida y cada vez más liviana, cediera y se rasgara, estaban sentenciados.

Tan amigos eran el pantalón de pana rosa y el pantalón de pana rojo que hasta en eso parecieron ponerse de acuerdo y casi a la par, o con muy pocos días de diferencia, ambos acabaron viendo su integridad rota, rasgada, deshilachada. Y por aquel desgarro sintieron como se les iba la vida. Y si eso los llenó de tristeza y desolación porque ya se veían en el contenedor de la basura, aún les dolía más ver la carita de pena con que les miraba su dueña que tanto cariño les había cogido y que tan a gusto se había sentido en su compañía.

Pasaron un tiempo sumidos en la incertidumbre, arrugados y abandonados en un rincón. Conforme pasaban los días sin que ella se decidiera a meterlos en una bolsa y tirarlos a la basura crecía en ellos la pequeña esperanza de que, aún en su estado, volvieran planchaditos y bien doblados a la percha en el interior del armario. Quizá a ella no le importara volver a usarlos así, o quizá les pondría un parche como hacía a veces con los vaqueros.

Y un día por fin, se vieron alzados, revisados, toqueteados, calibrados, medidos y sobados. Algo se cocía en la cabeza de ella y aún no sabían si sería para su bien. Pasaron unos días muy malos. Temblaban abrazados en su rincón, intentando pasar desapercibidos cuando la veían merodear por allí. Una aciaga tarde preparó la máquina de coser, sacó el costurero, y muertos de miedo vieron como se acercaba a ellos con unas horribles tijeras en las manos ¡Dios mío, nos va a despedazar! Ambos a un tiempo perdieron la consciencia. Así, con un par de tijeretazos, su hechura de pantalones quedó desmantelada para siempre.

   -¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Qué raro me siento y al mismo tiempo no me encuentro nada mal, me siento blandito y cómodo.
Miró a su alrededor, no estaba en un oscuro armario, sino en lo que parecía un salón y a su lado sentía una suavidad y un olor que le resultaba muy familiar. 
Pero no podía ser, parecía su amigo, el pantalón de pana rojo, pero tenía una forma extraña, nueva, desconocida. Se fijó un poco mejor, parecía sonreírle.
   -¿Qué? ¿Qué te parece en lo que nos han convertido? No está tan mal ¿sabes? Ahora, no nos sacarán a la calle y a veces nos achuchan demasiado, pero a cambio estamos siempre a la vista y aquí no tenemos que mojarnos tanto, ni sufrimos tantos roces. A ti te ha dejado hecho un pimpollo y yo no sé si me has mirado bien, pero ahora estamos más unidos que nunca.
El pantalón de pana rosa, que ya no era un pantalón de pana rosa, miró a su amigo, el pantalón de pana rojo que ya no era un pantalón de pana rojo y sintió cómo le embargaba la emoción. Una nueva vida comenzaba para ellos. Juntos.