¿Quedamos a tomar café?

Yo me dispongo a tomarme algún que otro cafetito mientras tecleo, intentando pensar con cada sorbo y escribir entre uno y otro disfrutando de un momento especial en el que pueda volcar ideas, opiniones, sobre libros, música, imágenes, dar rienda suelta a algún que otro desvarío, desahogar algún grito, espero que también algo de humor, a través de esta gran ventana virtual.

Abierta queda. Si alguien quiere tomarse un café conmigo bienvenido sea.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Y usted, ¿a qué dedica el tiempo libre?

Ya lo preguntaba hace unos cuantos años José Luis Perales desesperado por saber quien era él. Porque sin duda la respuesta a esa pregunta puede decirnos mucho sobre la persona en cuestión, yo diría que tanto o más que saber con quien andas.

La afición a un deporte u otro, a ir de compras o hablar por teléfono, el tipo de cine y de televisión que nos gusta, la música que escuchamos, los sellos, los puzzles, el ganchillo, la fotografía, la cocina, el dibujo, la pintura… dan pistas sobre si somos creativos o con tendencia al orden, activos o sedentarios o si nos gusta más estar rodeados de gente o tener tiempo para nosotros solos.

Todos los que nos reunimos aquí a tomar un café compartimos el gusto por escribir y leer y a  pesar de lo impersonal que parece el ordenador esta afición dice mucho de cada uno de nosotros. Sólo el diseño de cada blog ya es una carta de presentación y lo que a él llevamos y lo que en él contamos y cómo lo contamos va haciendo un dibujo de la persona que hay detrás. Se crean afinidades, se aprecian puntos comunes y discrepancias, se perfilan caracteres y se intuyen humores y talantes.

Si exceptuamos los blogs corporativos o profesionales, los que nos dedicamos a esto generalmente es para compartir una afición, ya sean los libros, la cocina, las manualidades, el cine, la música, la poesía o para los que no somos capaces de decidirnos o de centrarnos en una sola ofrecemos una mezcolanza de varias que van cayendo según sople el viento.
  
Mi intención siempre fue que aquí primara mi afición lectora, pero también quería dejar espacio para expresarme en otros terrenos y no sólo con palabras. Con el tiempo y el desarrollo de este espacio he descubierto y con bastante sorpresa, el gusto por escribir, no ya sobre libros y lecturas, sino sobre cualquier cosa que en un momento dado me produjera cosquillas en la punta de los dedos impulsadas por las extrañas e impredecibles conexiones neuronales de mi cerebro. Me he atrevido incluso a darles a mis desvaríos forma de poesía, cosa que hasta esos momentos concretos yo hubiera jurado en arameo que era incapaz de hacer. Sigo jurando en lo que sea que eso que intento poco tiene que ver con la poesía, pero como expresión de un sentimiento o un impulso me ha hecho sentir bien hacerlo y me he quedado más ancha que larga después de parirlos y echarlos a volar. En resumen, el blog ha acabado creando otra afición secundaria: escribir

Mi otra gran afición-pasión que es la fotografía también tenía que estar presente necesariamente. Mi ojo fotográfico y yo somos inseparables. Tal como mi alma lectora ha transformado la afición a leer en una necesidad tan básica como leer y dormir, mi ojo fotográfico y yo nos hemos fundido con el paso de los años de forma que no es posible distinguir donde acaba uno y empieza otra. Tanta pasión no ha servido sin embargo para que se diera el paso cualitativo que condujera a ninguna a ser mi sostén económico, por lo que, en la perentoria necesidad de ganarme la vida, estas aficiones primarias tienen que entrar en la disputa de mi tiempo libre con otras aficiones secundarias.

Y, aunque parezca mentira después del todo lo que llevo escrito, ahora es cuando llegamos al objetivo de la entrada (mi capacidad de ir al grano no tiene parangón).

A las otras aficiones. A las secundarias. Dicen que "quien mucho abarca poco aprieta" y también que "aprendiz de todo, maestro de nada". Ya lo explica el refranero multilingüe del Instituto Cervantes:

"No conseguirá nada quien no acaba de decidirse por un oficio y le falta constancia y espíritu de sacrificio para prepararse convenientemente. Recrimina a quien pretende abarcar demasiadas actividades profesionales, lo que desemboca en ser incapaz de desempeñar una bien."

Menos mal que en mi caso no se trata de encontrar acomodo profesional sino de meras aficiones, porque efectivamente, tanto cambio y tanta dispersión conduce a no destacar en ninguna. Afortunadamente ni lo pretendo ni me importa en absoluto. Su único fin es entretenerme, divertirme, relajarme unas veces o aguijonear mi creatividad en otras y su problema principal es que no hay tiempo libre bastante para tantas aficiones distintas.

Todo este rollo es sólo para deciros que quería compartir con vosotros la afición que últimamente acapara buena parte del tiempo libre que me dejan mis aficiones principales. No tengo pensado que sea una sección fija-discontinua, sino más bien una actividad invitada de cuando en cuando. O hasta que pierda el interés en ella.

Para presentarla en sociedad tenía que darle un nombre y no creáis que ha sido fácil porque no acababa de encajar del todo en las que parecían más evidentes. Al final he decidido que esto a lo que yo me estoy dedicando podemos llamarlo RECONVERSIÓN.
 ¿Quéeeeeee? 
Tranquilos que por hoy ya habéis tenido bastante, otro día os lo cuento. En cuanto a lo que dicha afición pueda decir de mí, no le deis ni media vuelta: que me patinan las neuronas. 

viernes, 14 de noviembre de 2014

Menos dulce, más picante

A quien no le gustan las canciones de amor, los poemas de amor. Quien no desea sentirse la destinataria de esas bellas palabras, quien no ha soñado al ritmo de una melodía…

Todos tenemos nuestro lado romanticón, tierno, deseoso de escuchar palabras lindas, llenas de amor. Y tan necesario el amor y tan necesarios los sueños. Seguro que todos tenemos una canción de amor favorita, o muchas, esas que hacen que el corazón vibre, con anhelo o con nostalgia, emocionado…

Si, si, si, por supuesto. Todo eso está muy bien. Yo, la primera a la que le gustan las canciones de amor, la poesía más romántica, pero oye… el caso es que… el tiempo pasa… los sueños se desdibujan… las promesas se aguan… la realidad pura y dura se impone… y llega un momento (¿o será sólo la edad?) en que las palabras dulces… están bien, sí, claro, pero a veces sientes que les falta algo… algo… no sé… más tangible, más real, más de lunes y de martes y te apetece más escuchar otras cosas… como os diría… con más chicha, menos etéreas. Pero quizá tampoco sea eso exactamente… No. No sé como decirlo… A ver, algo así como esto…

Soy el soldado de tu lado más malvado
y el arquitecto de tus lados incorrectos

Reconozcámoslo, lo de la tía más guapa del mundo o lo de la mujer perfecta... queremos creerlo en algún momento, pero no resiste más allá de un verano, es mucho mejor que tengamos enfrente a alguien que defienda nuestro lado malvado y perfile con precisión nuestros lados incorrectos ¿no?

Sigamos…

Soy inocente de tu lado más culpable
pero el culpable de tu lado más caliente

¿No es delicioso y sugerente este juego de palabras? Inocencia, culpa y calor tan juntitos.

Soy vulnerable a tu lado más amable
soy carcelero de tu lado más grosero

¡Qué encanto!

Soy artesano de tu lado más humano

Imagino unas manos moldeando… mi lado más humano

Soy el custodio de tus ráfagas de odio

A estas alturas, mis ráfagas de odio lo que más aprecian es encontrarse con alguien que las custodie sin cuestionarlas.

Para ir terminanando… a quien no le gustaría oír algo como esto…

Soy vagabundo de tu lado más profundo
por un segundo de tu cuerpo doy el mundo

y que fuera…

El comandante de tu parte de adelante…

Cada uno, en privado, puede pensarse si se lo permite... o no.


Por si no tenéis un comandante o comandanta que os la cante, os dejo con Andrés Calamaro que está encantado de cantarla a quien quiera escucharla.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Chispita... ¿Dónde estás?

¿Os acordáis de Chispita?
La dejé disfrutando de una tormenta de verano y hasta hace un par de fines de semana no he vuelto a buscarla. Salí, atraída por este octubre tan veraniego que hemos tenido, a dar un paseo por el campo. y quise sentarme un rato con ella a contarnos historias. A mí me encanta escucharla y ella siempre me atiende con sus grandes ojos color avellana bien abiertos y una expresión seria y concentrada que hace que sienta que en ese momento no hay nada más importante en el mundo para ella que escucharme. Así mano a mano, una habla y la otra escucha mientras disfrutamos del aire y el sol, o de las nubes que corren por el cielo y el olor de la tierra.

No es fácil dar con ella. Cuando quiere puede hacerse muy, muy pequeña o cambiar de color para confundirse con las piedras y las hojas. Sobre todo si siente que hay gente alrededor. No le gusta la gente. Yo al principio tampoco le gustaba y también se escondía de mí. Ahora me tolera pero es muy suya y sólo aparece si le apetece. Muchas veces por más que la busco no consigo encontrarla. Así pasó el otro día. Busqué el chispazo rojo de su melena, lo único que podemos llegar a atisbar si ella se deja o si consigues descubrirla en un raro momento de distracción o concentración. Aunque en estos casos la visión es tan mínima, tan fugaz, que es muy difícil que nadie sea capaz de darse cuenta de lo que está viendo antes de que desaparezca de su vista.

Yo creo que su sexto sentido, que es su sentido más desarrollado, le avisa de la naturaleza de los parlamentos que rondan mi cabeza. No sé si será el olor que desprende mi pelo o la vibración del suelo que producen mis pisadas, pero algo debe delatarme mucho antes de abrir la boca. Le gustan mis historias pero no le gusta nada que venga a perturbar la armonía de su espacio con mis enfados y mis malos rollos.

Así que el otro día debía atufar o quizá es que el humo me salía literalmente por las orejas y no quiso asomarse. Busqué, al principio todavía con las formas bruscas del que va siempre con prisa a todas partes, hasta que poco a poco el silencio vivo del bosque, su aire calmo, el sol jugando al escondite con las hojas y el olor a tierra, a musgo y a  humedad fue volviendo suaves mis pasos, lentos mis movimientos. Mis ojos empezaron a fijarse en lo pequeño, en los detalles y así consiguieron por fin, encontrar las setas bajo las que suele descansar Chispita, incluso encontré la entrada de una madriguera. ¿Queréis verla? ¿Se habría escondido allí Chispita? 


Pues no. Estaba claro que tendría que volverme con todas las palabras que disputaban en mi garganta por ser las primeras en desparramarse a borbotones. A nadie en el bosque le interesa saber de tarjetas black, de cajas B o contabilidad paralela, de tramas fraudulentas, de corruptelas y corruptos, de listos y aprovechados que nada saben, mire usted señor juez que a mi no me consta. No, Chispita no entiende ni una de esas palabras, no puede entender que utilidad tienen y porqué no nos deshacemos de todo lo que nombran si sólo sirven para engañarnos, tomarnos el pelo y aprovecharse de nuestro trabajo. 
Chispita esta vez, no quiso saber nada de mí, mi historia no tenía ningún valor que le interesara, pero la verdad es que el paseo sirvió para relajarme y olvidarme al menos por un rato de la estupidez y la deshonestidad y la codicia y la desvergüenza y la desfachatez de algunos humanos.

De vuelta en casa, pensé que mejor sería que todas esas palabras se me desatascaran entre circuitos electrónicos y pantallas de plasma, un medio mucho más acorde con ellas. Y aquí las he dejado sueltas, brincando y buscando ojos  que las reconozcan y sepan que ellas son inocentes, que los culpables son los que se esconden tras ellas y dicen con su carita más dura: pío, pío, que yo no he sido. Pío, pío, que yo no se nada. Pío, pío y tu más.

Cómo disculpa por utilizaros para acabar de desahogar el enfado que Chispita no quiso escuchar, os dejo algunas de las setas que encontré en mi paseo. ¡Mirad bien, a lo mejor vosotros conseguís encontrar a Chispita!



viernes, 31 de octubre de 2014

Viernes de viaje -XII- A orillas de una ría


Después del descanso veraniego, en el que espero que hayáis podido disfrutar del placer de viajar, creo que es hora de que retomemos nuestros viajes virtuales y para ello os voy a llevar a una ciudad que he descubierto en este último año y que tuve oportunidad de pasear durante este verano.



Dicen que llueve mucho, tenía fama en otros tiempos de ciudad industriosa y fea y siempre salía perdiendo en la comparación con sus hermanas cercanas. Así cargaba en mi ánimo con ese peso cuando se trataba de elegir lugar visitable y fue quedándose de lado. Pero afortunadamente llegó su oportunidad y he podido comprobar de primera mano el  encanto de su casco antiguo, la majestuosidad de su ensanche, la luz de su ria y el buen uso que se la ha dado a favor de la cultura y el ocio al espacio que en su momento estuvo ocupado por la industria pesada.

¿Qué os parece este portal para entrar en ella?

Paseemos por una ciudad que ha sabido conjugar de forma magistral lo viejo y lo nuevo.


Lo tradicional con la modernidad.




Ciudad gris... quizá, cuando las nubes se reflejan en el agua densa de la ría. En los cristales de sus modernos edificios. 






Llena de color, sin ninguna duda. Del color de la vida que bulle en sus calles y plazas. Ciudad que sin ser pequeña es fácilmente abarcable en apacibles y placenteros paseos.



No será tampoco mala cosa cansarse para poder tener la escusa perfecta para desandar caminos montados en su moderno y cómodo tranvía.

¡Ay! cómo echo de menos ese medio de transporte en mi enojosa y siempre atascada ciudad. 




El casco antiguo guarda intactos la esencia y el carácter de la ciudad. Sus calles, su gente, sus comercios y tabernas. Lugar ideal para hacer un alto, o varios, y tomarse unos chiquitos y unos pintxos.  









Sin darnos cuenta acabaremos saliendo a la Ribera. 

El mercado, la iglesia y el puente de San Antón... 
Imprescindible el recorrido por una y otra orilla. 






Y acabar este recorrido contemplando otro referente imprescindible en esta ciudad, el teatro..., es que si os digo el nombre, os lo digo todo. Voy a dejar que seáis vosotros quien se lo pongáis. Yo sigo con mi recorrido.

Desde aquí vamos a cruzar la ría y recorrer las amplias avenidas del ensanche y sus edificios del siglo pasado.



A medio camino entre el caserío del casco antiguo y la modernidad de acero y cristal del presente siglo.
Difícil será no toparse más temprano que tarde con esta casa de viviendas. Bonita ¿verdad? Parece que es conocida como la casa Gaudí, pero su nombre oficial es Casa Montero y sus arquitectos Luis Aladrén – Jean Baptiste Darroguy. Estos datos precisos son fruto de mis posteriores pesquisas internautas. En su momento, sencillamente salía de comer cuando me topé con el portal de más arriba y con la boca abierta crucé a la acera de enfrente para recrearme con esta belleza arquitectónica.










Sigamos sin perdernos ni un detalle, desde esta vidriera de mediados del s. XX que decora la estación de Renfe, 

 a las líneas del modernísimo  (y polémico) puente diseñado por el arquitecto Calatrava. 















El encanto de un quiosco de música o el prodigioso juego de reflejos en una moderna escultura.



Sigamos con este juego de contraste que enriquece la ciudad y creo que hace más interesante nuestra visita. Así, a la orilla de la misma ria, en un paseo que disfrutaremos paso a paso y os aseguro que tiene muchos más puntos de interés que espero que podáis descubrir por vosotros mismos, nos encontramos con el ayuntamiento (mediados del S. XIX) en su margen derecha...


y el Palacio Euskalduna abriendo las puertas al siglo XXI (fue inaugurado en 1999) en su margen izquierda. A poco que podáis buscad la oportunidad de asistir a algún espectáculo en él, la arquitectura interior es absolutamente impresionante.







Soy consciente de que hoy la visita me está quedando bastante larga, pero es que, de verdad que me está costando un gran esfuerzo seleccionar qué mostraros, porque hay tanto... 

Os pido que aguantéis un poquito más. No podemos irnos de esta ciudad sin una muestra de su catedral. Aunque a primera vista penséis que me he trastornado, os advierto que sé perfectamente de lo que hablo y si algún foráneo lee esto, estoy segura de que lo entenderá a la primera. 

Primero el interior de la antigua catedral... que ha desaparecido para poder construir la nueva. 

Y ahora os dejo un detalle del exterior del nuevo edificio que aunque aún no está completamente terminado, ha quedado realmente chulo. Mirad...


¿Que qué catedrales son éstas? Aquí en esta ciudad, estoy por apostar que esta "religión" tiene más seguidores que cualquier otra confesión. 

La de hoy es mucha visita para un sólo día, pero con un puentecito puede hacerse un buen apaño y ya sabeis que pienso que es bueno dejarse algo por descubrir para la próxima. Siempre hay que despedirse hasta la próxima...

Y para otra próxima ocasión voy a dejar una de las nuevas joyas de esta ciudad, que en apenas unos años ha pasado a identificarla de forma inequívoca. No sé si con lo visto hasta ahora habrá sido suficiente para que supierais por donde andábamos, aunque en esta ocasión creo que he ido dejando bastantes pistas, pero esta era tan evidente que tenía que dejarla para el final. Por eso y porque creo que no hay mejor broche con la que cerrarla...
























....hasta la próxima.

Espero que os haya gustado el viaje de hoy y quiero recordaros que si pincháis sobre las imágenes las veréis a tamaño completo. Creo que merece la pena. 

jueves, 23 de octubre de 2014

Historia de un amor

Banderines de colores, música de carrusel, olor a churros y fritanga, vocerío de tómbola. Ruido, luces y colores. Son las fiestas del pueblo. En la plaza hay verbena, en un extremo se alza el escenario sobre el que la Orquesta Alegría ameniza el baile con más voluntad que acierto. No importa demasiado. Los chiquillos lo bailan todo, los jóvenes con un vaso de calimocho en la mano tontean igual entre ellos y los mayores llevan todo el año esperando sus fiestas y están muy bien dispuestos.

    Después de un par de horas tocando todos los estilos fiesteros, desde los pasodobles a la Macarena, la orquesta se retira a descansar. Empieza a sonar una música de bolero, suave y cálida. Las parejas que añoran otros tiempos se lanzan a la pista felices de poder bailar agarrao. En su momento. Una voz melodiosa y un poco desgarrada llena ya la plaza. Hasta la luz parece haber cambiado, ha bajado su intensidad y un soplo de aire cálido se cuela entre los bailarines transportándolos a otro tiempo, quizá a otro lugar.

    Una pareja desentona entra las demás, no se ajusta ni en edad ni en el porte al resto de bailarines. también sus ropas y peinados difieren de todos los que les rodean, pero a ellos no parece importarles, ajenos a todo lo que no sea la música. Al ritmo que les marca esa canción que es sólo suya, bailan en una armonía perfecta con el suelo que pisan y el aire que les envuelve.

    Sus cuerpos parecen cerrarse sobre sí mismos, son altos y esbeltos, de cabellos castaños, el los peina hacia atrás con brillantina, viste pantalón negro de tiro alto, con pinzas y camisa blanca con las mangas pulcramente dobladas por debajo de los codos. Se inclina ligeramente para acomodar su estatura a la de ella, sus labios al alcance de su oído. Ella lleva una media melena con unas ondas muy marcadas y sujeta con orquillas. Viste una falda de tubo por debajo de las rodillas, sus piernas esbeltas acaban en unos finos tobillos que se elevan sobre unos zapatos con tacón de aguja. Lleva blusa camisera adornada con un broche y rebeca de punto para protegerse de la brisa nocturna.

    Se mueven lentamente, se rozan sus rodillas, la mano de él sobre su cintura baja despacio para enlazar ligeramente la cadera, sube después hasta tocar con la punta de los dedos la piel de la espalda que se estremece bajo la fina tela de la blusa. La mano izquierda de ella descansa en su brazo derecho, su cabeza busca el hueco de su hombro donde se abandona un instante, mientras le llega dulce una palabra que él desliza en su oído. Se entrelazan a la altura del pecho los dedos de su mano derecha, la de ella, de su mano izquierda, la de él, cerrando un círculo en el que sólo caben ellos dos. A su alrededor el aire está quieto y cargado de una electricidad que fluye entre la pareja de bailarines y el escenario.

    Sobre él, una mujer con el paso de la vida grabado en los pliegues de un rostro aún hermoso y enfundada en un largo vestido de lamé color cereza canta con una voz honda y oscura, cargada de emoción. Es alta y su cuerpo maduro de generosas curvas aún recuerda el atractivo de otros tiempos. Sus largas piernas de finos tobillos pisan con fuerza el escenario sobre unas altas sandalias. Su mirada lánguida y melancólica no se separa de la joven pareja. ¡Son tan jóvenes y parecen tan enamorados! Desprenden un aura de confianza plena en la vida que se extiende ante ellos como una promesa de felicidad sin fisuras. Envidia ese momento, esa ingenuidad que los hace audaces, que les hace olvidar las miradas reprobatorias de los que parece que nunca conocieron ese sensación que ablanda los huesos y pone alas en los pies.

    Esta noche canta solo para ellos. De vez en cuando se lleva la mano al pecho y acaricia el broche con forma de estrella cuajado de pequeñas piedras azules que el paso del tiempo ha dejado sin brillo. Suenan los últimos acordes de la canción, su voz parece quebrarse. Ellos aun se resisten a deshacer ese estrecho abrazo que durante unos minutos fue eterno. Se miran entre tímidos y audaces, con todas las promesas presentidas en cada roce condensadas en el estrecho espacio que los separa. Ella se lleva la mano al pecho, hasta el precioso broche en forma de estrella que él acaba de regalarle y que parece guardan entre sus piedras azules todas las caricias que aún deben hacerse y cada uno de los besos que bordarán la historia de su amor.
 
    La música ha terminado y mientras la cantante saluda con una reverencia las luces parecen ganar de nuevo intensidad. Una brisa fresca barre la plaza de repente mientras las parejas mayores se retiran. No busquéis entre ellas a la joven y extraña pareja. Se la llevó el aire y la luz y el tiempo.




Nota: para ilustrar la entrada de hoy he recurrido a imágenes de la red.

viernes, 17 de octubre de 2014

Abuelo que mira al mar

Tarde de octubre, suave y dulce tarde de otoño. En la playa. Perezosamente dejo que me acaricien los tibios rayos de un sol que ya ha empezado su descenso pero aún resulta muy placentero. Tanto que incluso me he permitido el lujo de hacerlo en bikini. Algún valiente hasta se atreve a darse un baño. Por la orilla pasea la gente, de dos en dos, en grupitos, con perro o en solitario, unos en bañador y otros con sudaderas, con el agua hasta las rodillas o sin pasar del límite que marca la marea, todos con su ropa deportiva o playera.

Desde mi posición sedente con la mirada perdida en el horizonte y los pensamientos revoloteando al ritmo que marcan las olas chocando con la arena se introduce en mi línea visual un anciano, no simplemente un hombre mayor, un jubilado de esos tan comunes en las playas que se pasean con paso vivo y resuelto, con sus bermudas y su camiseta. No, un abuelo de los de toda la vida. Con su pantalón largo de tergal, su jersey de punto, su gorra y su garrota. Camina despacio, apoyándose en su bastón, un poco encorvado pero sin dificultad, cada pocos pasos se para y mira al mar, cargando el peso sobre el bastón, se queda así un rato, ensimismado, mirando las olas, reanuda su paseo, y vuelve a pararse. 
La marea está subiendo y en un par de ocasiones parece inevitable que le alcance. Contengo el aliento mientras va dando pasitos hacia atrás intentando escapar de la mojadura. Lo consigue y no puedo evitar la sonrisa, porque ha salido airoso con donosura de la amenaza del mar. Ahí sigue mirándolo. ¿En qué piensa? ¿Recuerda o sencillamente mantiene un tranquilo diálogo con él?

Me transmite paz, ternura y una extraña alegría verle así, paseando con toda la calma del mundo, dueño del tiempo que no le apremia, del espacio que pueda recorrer, de la brisa salada, del sol piadoso. Me pregunto si serán tan distintos mis pensamientos y los suyos, allí, mirando el mar. Si, más allá del contraste que se produce entre que yo apenas tape mi cuerpo con lo mínimo exigido por el decoro y el solo ofrezca a la intemperie cara y manos, si esa distancia marcada por la edad de nuestros huesos, será más grande que la afinidad indefinible que siento que me une a él en ese mirar al mar. En ese lento deambular por la orilla, en su forma de pararse frente a él de vez en cuando y perderse en su vaivén.

Ahora mismo, que es más que probable que haya traspasado el ecuador de mi vida, sin saber en todo caso si alcanzaré la categoría de anciana, me gustaría, si llego a ello, ser como este abuelo que me crucé una tarde de octubre en la playa. 
No quisiera ser una abuela de sala de espera en un ambulatorio de la seguridad social, ni una abuela de banco de centro comercial en invierno, ni tampoco una abuela de sala de televisión en una residencia. De niña tampoco quise ser princesa, ni esperé jamás que apareciera un príncipe azul en mi vida, pero si llego a anciana, con bastón incluido y tapada hasta las cejas, quisiera ser una abuela que mira al mar

viernes, 10 de octubre de 2014

Cuarentena, de Luis García Montero


Con qué ferocidad y a qué hora importuna
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sobras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.

No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan 
los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.

Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura-
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo...,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.

Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.

Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.

Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempos de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.

Después de lo que he visto y lo que tú verás,
no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos
en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.