¿Quedamos a tomar café?

Yo me dispongo a tomarme algún que otro cafetito mientras tecleo, intentando pensar con cada sorbo y escribir entre uno y otro disfrutando de un momento especial en el que pueda volcar ideas, opiniones, sobre libros, música, imágenes, dar rienda suelta a algún que otro desvarío, desahogar algún grito, espero que también algo de humor, a través de esta gran ventana virtual.

Abierta queda. Si alguien quiere tomarse un café conmigo bienvenido sea.

jueves, 23 de octubre de 2014

Historia de un amor

Banderines de colores, música de carrusel, olor a churros y fritanga, vocerío de tómbola. Ruido, luces y colores. Son las fiestas del pueblo. En la plaza hay verbena, en un extremo se alza el escenario sobre el que la Orquesta Alegría ameniza el baile con más voluntad que acierto. No importa demasiado. Los chiquillos lo bailan todo, los jóvenes con un vaso de calimocho en la mano tontean igual entre ellos y los mayores llevan todo el año esperando sus fiestas y están muy bien dispuestos.

    Después de un par de horas tocando todos los estilos fiesteros, desde los pasodobles a la Macarena, la orquesta se retira a descansar. Empieza a sonar una música de bolero, suave y cálida. Las parejas que añoran otros tiempos se lanzan a la pista felices de poder bailar agarrao. En su momento. Una voz melodiosa y un poco desgarrada llena ya la plaza. Hasta la luz parece haber cambiado, ha bajado su intensidad y un soplo de aire cálido se cuela entre los bailarines transportándolos a otro tiempo, quizá a otro lugar.

    Una pareja desentona entra las demás, no se ajusta ni en edad ni en el porte al resto de bailarines. también sus ropas y peinados difieren de todos los que les rodean, pero a ellos no parece importarles, ajenos a todo lo que no sea la música. Al ritmo que les marca esa canción que es sólo suya, bailan en una armonía perfecta con el suelo que pisan y el aire que les envuelve.

    Sus cuerpos parecen cerrarse sobre sí mismos, son altos y esbeltos, de cabellos castaños, el los peina hacia atrás con brillantina, viste pantalón negro de tiro alto, con pinzas y camisa blanca con las mangas pulcramente dobladas por debajo de los codos. Se inclina ligeramente para acomodar su estatura a la de ella, sus labios al alcance de su oído. Ella lleva una media melena con unas ondas muy marcadas y sujeta con orquillas. Viste una falda de tubo por debajo de las rodillas, sus piernas esbeltas acaban en unos finos tobillos que se elevan sobre unos zapatos con tacón de aguja. Lleva blusa camisera adornada con un broche y rebeca de punto para protegerse de la brisa nocturna.

    Se mueven lentamente, se rozan sus rodillas, la mano de él sobre su cintura baja despacio para enlazar ligeramente la cadera, sube después hasta tocar con la punta de los dedos la piel de la espalda que se estremece bajo la fina tela de la blusa. La mano izquierda de ella descansa en su brazo derecho, su cabeza busca el hueco de su hombro donde se abandona un instante, mientras le llega dulce una palabra que él desliza en su oído. Se entrelazan a la altura del pecho los dedos de su mano derecha, la de ella, de su mano izquierda, la de él, cerrando un círculo en el que sólo caben ellos dos. A su alrededor el aire está quieto y cargado de una electricidad que fluye entre la pareja de bailarines y el escenario.

    Sobre él, una mujer con el paso de la vida grabado en los pliegues de un rostro aún hermoso y enfundada en un largo vestido de lamé color cereza canta con una voz honda y oscura, cargada de emoción. Es alta y su cuerpo maduro de generosas curvas aún recuerda el atractivo de otros tiempos. Sus largas piernas de finos tobillos pisan con fuerza el escenario sobre unas altas sandalias. Su mirada lánguida y melancólica no se separa de la joven pareja. ¡Son tan jóvenes y parecen tan enamorados! Desprenden un aura de confianza plena en la vida que se extiende ante ellos como una promesa de felicidad sin fisuras. Envidia ese momento, esa ingenuidad que los hace audaces, que les hace olvidar las miradas reprobatorias de los que parece que nunca conocieron ese sensación que ablanda los huesos y pone alas en los pies.

    Esta noche canta solo para ellos. De vez en cuando se lleva la mano al pecho y acaricia el broche con forma de estrella cuajado de pequeñas piedras azules que el paso del tiempo ha dejado sin brillo. Suenan los últimos acordes de la canción, su voz parece quebrarse. Ellos aun se resisten a deshacer ese estrecho abrazo que durante unos minutos fue eterno. Se miran entre tímidos y audaces, con todas las promesas presentidas en cada roce condensadas en el estrecho espacio que los separa. Ella se lleva la mano al pecho, hasta el precioso broche en forma de estrella que él acaba de regalarle y que parece guardan entre sus piedras azules todas las caricias que aún deben hacerse y cada uno de los besos que bordarán la historia de su amor.
 
    La música ha terminado y mientras la cantante saluda con una reverencia las luces parecen ganar de nuevo intensidad. Una brisa fresca barre la plaza de repente mientras las parejas mayores se retiran. No busquéis entre ellas a la joven y extraña pareja. Se la llevó el aire y la luz y el tiempo.




Nota: para ilustrar la entrada de hoy he recurrido a imágenes de la red.

viernes, 17 de octubre de 2014

Abuelo que mira al mar

Tarde de octubre, suave y dulce tarde de otoño. En la playa. Perezosamente dejo que me acaricien los tibios rayos de un sol que ya ha empezado su descenso pero aún resulta muy placentero. Tanto que incluso me he permitido el lujo de hacerlo en bikini. Algún valiente hasta se atreve a darse un baño. Por la orilla pasea la gente, de dos en dos, en grupitos, con perro o en solitario, unos en bañador y otros con sudaderas, con el agua hasta las rodillas o sin pasar del límite que marca la marea, todos con su ropa deportiva o playera.

Desde mi posición sedente con la mirada perdida en el horizonte y los pensamientos revoloteando al ritmo que marcan las olas chocando con la arena se introduce en mi línea visual un anciano, no simplemente un hombre mayor, un jubilado de esos tan comunes en las playas que se pasean con paso vivo y resuelto, con sus bermudas y su camiseta. No, un abuelo de los de toda la vida. Con su pantalón largo de tergal, su jersey de punto, su gorra y su garrota. Camina despacio, apoyándose en su bastón, un poco encorvado pero sin dificultad, cada pocos pasos se para y mira al mar, cargando el peso sobre el bastón, se queda así un rato, ensimismado, mirando las olas, reanuda su paseo, y vuelve a pararse. 
La marea está subiendo y en un par de ocasiones parece inevitable que le alcance. Contengo el aliento mientras va dando pasitos hacia atrás intentando escapar de la mojadura. Lo consigue y no puedo evitar la sonrisa, porque ha salido airoso con donosura de la amenaza del mar. Ahí sigue mirándolo. ¿En qué piensa? ¿Recuerda o sencillamente mantiene un tranquilo diálogo con él?

Me transmite paz, ternura y una extraña alegría verle así, paseando con toda la calma del mundo, dueño del tiempo que no le apremia, del espacio que pueda recorrer, de la brisa salada, del sol piadoso. Me pregunto si serán tan distintos mis pensamientos y los suyos, allí, mirando el mar. Si, más allá del contraste que se produce entre que yo apenas tape mi cuerpo con lo mínimo exigido por el decoro y el solo ofrezca a la intemperie cara y manos, si esa distancia marcada por la edad de nuestros huesos, será más grande que la afinidad indefinible que siento que me une a él en ese mirar al mar. En ese lento deambular por la orilla, en su forma de pararse frente a él de vez en cuando y perderse en su vaivén.

Ahora mismo, que es más que probable que haya traspasado el ecuador de mi vida, sin saber en todo caso si alcanzaré la categoría de anciana, me gustaría, si llego a ello, ser como este abuelo que me crucé una tarde de octubre en la playa. 
No quisiera ser una abuela de sala de espera en un ambulatorio de la seguridad social, ni una abuela de banco de centro comercial en invierno, ni tampoco una abuela de sala de televisión en una residencia. De niña tampoco quise ser princesa, ni esperé jamás que apareciera un príncipe azul en mi vida, pero si llego a anciana, con bastón incluido y tapada hasta las cejas, quisiera ser una abuela que mira al mar

viernes, 10 de octubre de 2014

Cuarentena, de Luis García Montero


Con qué ferocidad y a qué hora importuna
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sobras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.

No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan 
los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.

Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura-
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo...,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.

Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.

Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.

Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempos de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.

Después de lo que he visto y lo que tú verás,
no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos
en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.









domingo, 5 de octubre de 2014

Dejad que hablen los demonios


Pues mal que le pese a la víbora que se adueñó antes de ayer de este espacio, empieza un nuevo año para mi y para el blog. Un nuevo año en el que espero seguir disfrutando con el sano ejercicio mental de intentar componer un texto formalmente bien construido y que tenga un mínimo interés para los seguidores y visitantes que pueda tener, sean diez o sea uno o ninguno, siempre y cuando yo me haya sentido bien haciéndolo. Me permito además recordarle que con blog o sin blog, seguiré guardando hacia ella el mismo amor que llevo toda la vida profesándole y que, a pesar de ello, seguiré sin tenerle la más mínima consideración cuando lo estime oportuno o si la ocasión lo requiere. En todo caso, llega a tal punto mi estima, que a pesar del veneno destilado en sus palabras y de que no sólo no estaba escrito como es debido, sino que se equivocó en muchas de sus apreciaciones, no voy a quitarlas del blog, porque no me importa quedarme con el culo al aire si con ello dejo también testimonio de la cruz que me toca soportar desde que tengo uso de razón. Santa paciencia, dice. La suya es sólo un pálido reflejo de la que yo tengo que derrochar cada día.

No voy a dedicarle ni una palabra más, ni a dejar que vuelva a ocupar un espacio mayor del que merece, que en todo caso no deja de ser meramente testimonial y porque yo he decidido concedérselo. No tengo intención de aclarar, ni desmentir, ni negar o confirmar nada. Es su visión y la respeto, la comparta o no. Sólo aclaro que los títulos de las entradas deberán intercambiarse para que ambas queden COMO ES DEBIDO.

Y retomando lo que decía anteayer... un nuevo ciclo comienza, pero no pienso echar atrás la mirada, ni siquiera hacia delante. Me quedo con este hoy, con este ahora, con escribir cuando y lo que me apetezca, lo lea quien lo lea, con jugar con mis fotos y compartirlas con vosotros, con proponeros viajes y paseos, con buscar la belleza de una poesía o de una canción, con intentar, lo consiga o no, que prenda una chispa de buen humor, día a día, sin echar cuentas, ni medir resultados. Olvidar por un rato los madrugones diarios, los problemas laborales, el montón de ropa para planchar. Nada de eso importa aquí. Como he escuchado decir por ahí: “problemas tenemos todos” y el de la falta de tiempo, sin ser grave, seguro que lo compartimos la mayoría de los que nos dedicamos a este pasatiempo. Sí, la hiel mejor se queda en el espejo del baño.

Yo comento, tu comentas, nosotros comentamos y entre comentario y comentario, de blog en blog, de entrada en entrada, he descubierto un caudal inmenso de amistad, de entendimiento, de comprensión, sin contar todo lo que he descubierto, lo que he aprendido, los momentos para la risa, para la ternura, para la belleza, para la solidaridad, para la indignación, para el debate, para COMPARTIR con todos vosotros, sin que importe el lugar desde el que escribimos, o la edad, o si somos gordos o flacas, feas o guapos.

Me da igual el número, cualquier número, me importan las personas que hay detrás, conectar con ellas, sea para comentar un libro o una receta de cocina y me gusta saberme sus nombres y tener claro quien es quien en todo momento. Me gusta sentir el hilo que nos une, el lazo que se estrecha, la sonrisa que surge sin darnos cuenta. Esto resulta más fácil si hay comentarios que dejan huella de la visita y que permita el intercambio de impresiones, sin que eso quiera decir que cualquier visita sea igualmente agradecida y apreciada.

Me gusta esto y me encanta teneros ahí detrás, como queráis, cuando queráis, cuando podáis. A todos y cada uno,  os doy las GRACIAS... COMO ES DEBIDO.



viernes, 3 de octubre de 2014

Un año más

Octubre, nueva estación, nuevo curso, nuevas temporadas en las series de la tele, estrenos de cine, coleccionables... ¡Nuevo año! Para mi el inicio del otoño también es el inicio de un nuevo ciclo,



Dice la loca de Jara que empieza un nuevo año. De verdad que no sé como la aguanto. ¡Santa paciencia! En fin, he aprovechado un descuido suyo para “clavarle” una entrada en el blog. Se ha dejado el portátil abierto, el blog abierto, la entrada empezada. Y me he dicho: ¡esta es la mía! Cuando quiera darse cuenta no tendrá remedio.

Es muy descuidada, aunque presuma de tenerlo siempre todo ordenado y controlado. No la soporto cada vez que dice que “hay que hacer las cosas como es debido” ¡pero qué plasta! Es una fundamentalista del “comoesdebidismo”. Como yo le digo, donde está escrito que “como es debido” tiene que ser como ella dice. A mi que me lo explique, pero ¡qué me va a explicar si es imposible!

Me voy por las ramas, no quiero ni pensar lo que saldrá por esa boca cuando lea esto. Pero no por lo que digo de ella ¡qué va! Ese tema ya es recurrente entre nosotras, no. Pondrá el grito en el cielo por lo mal que he escrito, porque, claro, no escribo “como es debido”. Me repito y no quiero darle la razón. Bueno en realidad no me importa, porque no pretendo escribir bien, sino dejarla como si dijéramos con el culo al aire.

Como el texto que tiene empezado sobre el nuevo año. ¡Ella sí que se repite! Pero si ya escribió sobre eso al principio. Entonces sí lo leía, bueno... cuando nos enteramos de que se le había ocurrido abrirse un blog. ¿Un blog? ¿para qué? ¿y qué vas a escribir tu en un blog? Pensé que se le había ido un poco la olla y que esto no prosperaría ¡quien me lo iba a decir! Pero que sepáis que os tiene muy engañados. ¡Menuda lianta! Se ha construido todo un personaje, se lo habrá sacado de una de esas novelas que lee, porque eso es verdad, lo de los libros. Eso dijo al principio que era para hablar de ellos y le duró poco la idea. Claro que yo pensé que esto no iba a funcionar y resulta que tiene no sé cuantos seguidores, ¡qué es mentira también! ¡Si siempre escriben los mismos! ¡Nada de 100! No sois más de 15 o 20 como mucho. ¿Esto es un mamoneo no? Yo te escribo aquí y luego vienes y escribes en el mío, o algo así dice. Bueno, no con esas palabras pero no creáis que no para de quejarse de que necesita mucho tiempo para ir por todos los blog y leer y comentar y que luego no tiene tiempo ella para escribir en el suyo. Anda que no se escaquea en casa con la excusa del blog: que ahora no puedo dejarlo porque estoy inspirada y si lo dejo pierdo el hilo, que estoy contestando y no me parece bien contestar a unos y a otro no ¡pues no contestes a nadie! le digo, que estoy harta de tener que hacerlo todo. ¡Inspirada! ¡vaya aires! Cuando vi que escribía algo como si fuera una poesía me quedé a cuadros, ¡lo que me faltaba! ¡ahora va a dárselas de poeta! Pero si no ha rimado nada en su vida, aunque la verdad es que parece que rimar, lo que se dice rimar, sigue sin conseguirlo.

Hacía mucho que no ponía un punto y aparte. Bueno y que me he mosqueao porque he oído un ruido y por un momento pensé que me pillaba, pero no, falsa alarma. En fin, que no sé si esto del blog no se le ha subido un poquito a la cabeza, que ella siempre decía que escribir no era lo suyo, tampoco es que ahora vaya de escritora ni nada de eso, parece que con esto se conforma, al menos todavía no le ha dado por decir que piensa escribir una novela ni nada parecido, ¡a dios gracias! pero que a veces se pone un poco tontorrona con todo esto y la verdad, muy, muy, pero que muy pesada, sobre todo cuando algo no le sale. Entonces... mejor estar lejos. ¡Lo que habremos tenido que aguantar en casa cuando quería montar un vídeo y petaba el ordenador! ¡Boca de carretero, oiga! Claro que si no petaba era peor, un retoque y otro y otro y la misma canción una vez y otra y otra y no me da tiempo y no llego, ¡pero tienes que fichar, o que! ¡pues si no está hoy estará mañana! ¡qué no, que mañana no tiene sentido porque es para el día de navidad, o el de los enamorados, o que empieza el verano o se acaba la primavera o.... ¡La leche, que agobio! Hoy no se cena, de ensalada nada de nada que no da tiempo y luego se acuesta a las tantas completamente acelerada y tiene que leer más que de costumbre para relajarse y al final no hay quien se duerma a una hora civilizada y por la mañana el despertador no perdona y no tenéis ni idea, pero ni idea, del despertar que tiene la señora, hablarle imposible, encender una luz ¡ni se te ocurra! ¡pero si es noche cerrada! ¡qué no! ¡qué tía-murciélago! Lo mejor no cruzarse en su camino a esas horas.

¿Qué? ¿Qué os parece? Aquí saca la miel, la hiel se la deja en casa, la lista de Jara. ¡Oye, que esto no me ha quedado mal! ¿no? ¿será que estoy INSPIRADA? ¿O será que estoy empezando a escribir "como es debido"? ¡Dios mío, esto tiene más peligro del que creía! Me largo ya, antes de acabar abducida por el “bloguerismo”.



¿Qué te ha parecido, querida Jara? ¿Lo he hecho o no lo he hecho COMO ES DEBIDO? Lo de dejarte con el culo al aire, digo, ¡tía lista! ¡que me tienes hasta      

domingo, 28 de septiembre de 2014

¡Bienvenido otoño!
































Tenía muy claro la canción que quería, pero he sido incapaz de decidirme por una sola versión. Tanto una como otra me encantan, así que os dejo las dos y cada uno que decida con cual se queda. 




martes, 23 de septiembre de 2014

¡Adiós verano!

Ahora que el otoño llama a nuestra puerta es hora de dar por finalizada esta serie de cafés veraniegos y creo que la mejor forma de hacerlo es con un viaje. Será un viaje distinto, un viaje sin destino concreto. Un viaje a ningún sitio. Un viaje a los sentidos. Un viaje a los colores, a los olores, a los sabores, a los sonidos del verano. Un viaje para abarcarlo en un gran abrazo y así despedirnos de él hasta el año que viene.

Hoy haremos un viaje a todos los veranos. El mío, el tuyo, el nuestro. No necesariamente el de este año, quizá el del año pasado o el de hace ya unos cuantos años. Imaginaros que los reunimos todos y los mezclamos como si fueran las cartas de una baraja. Ahora sólo queda echarlas sobre la mesa y ver el cuadro que puedo pintar con ellas. Seguro que este viaje os va a resultar muy familiar. ¿Os apuntáis?

Al verano le gusta vestirse de vivos colores, así que lo mejor será empezar por hacer un recorrido por esos colores.

Para mi el azul es el rey del verano,



El verde le va a la zaga,

y el dorado es especial en estos meses.

Vamos a tomarnos un respiro con el blanco y el gris


para pasar a los más rabiosos: 
amarillos, naranjas, rojos y rosas


y a lo multicolor y la fiesta que se viste de noche.


El olor... es difícil atraparlo ¿verdad? Incluso evocarlo. Aunque si volvemos atrás lo encontraremos entre el azul del mar y en la humedad de la hierba, en la fragancia de una manzana y en el aire de la montaña. Intentemos imaginar también la brisa de la tarde en la piel, el calor del sol matinal en la cara, el cansancio satisfecho en las piernas tras una bonita excursión o la laxitud de cada músculo mientras estamos tumbados en la playa, en una tumbona de piscina, bajo la sombra de un pino o en el sopor de la siesta.
Eh, pero no toca dormirse aún. Todavía nos queda mucho viaje. El verano es también un momento ideal para disfrutar de la gastronomía allá donde se vaya o de una simple cerveza helada en la terraza del bar de abajo. He escogido algunas estampas que casi con toda seguridad estarán también entre vuestros mejores momentos veraniegos. Veamos...

Habrá que empezar por la cerveza, habitual en cualquier época pero gloriosa en verano, en una jarra helada, con su espumita y si además está bien acompañada por unas rabas o unas sardinitas asadas...

Otro clásico imprescindible en verano ¡la paella! Una paella al aire libre, con la familia, con los amigos... ¡cuando los chicos con el paño de cocina al hombro y armados con un cucharón se sienten los reyes de la parrilla! Para la noche dejamos la cena a la luz de las velas, con sus platos bien presentados y un delicioso helado de postre ¡hummm!


Verano para descansar, leer, escribir, jugar o soñar...





















Pero también la oportunidad de conocer nuevos lugares, de descubrir paisajes y piedras con historia, bellos rincones, espacios llenos de luz o llenos de arte.

Tiempo de vacaciones,
Días de sal, de tierra, de viento.
De piel desnuda, de risas y cantos.
Viaje de verano,
sin ceños fruncidos
ni puños crispados,
ya se ha acabado.

Es hora de la despedida, de devolver al trastero maletas, cubos y palas, toallas y sombrero.
Nos queda el recuerdo de este verano, de todos los veranos 
guardados en sus cajitas, todas iguales, todas distintas.

¡¡Adiós verano!! ¡¡Hasta el año que viene!!