¿Quedamos a tomar café?

Yo me dispongo a tomarme algún que otro cafetito mientras tecleo, intentando pensar con cada sorbo y escribir entre uno y otro disfrutando de un momento especial en el que pueda volcar ideas, opiniones, sobre libros, música, imágenes, dar rienda suelta a algún que otro desvarío, desahogar algún grito, espero que también algo de humor, a través de esta gran ventana virtual.

Abierta queda. Si alguien quiere tomarse un café conmigo bienvenido sea.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Anécdota literaria, categoría infantil


El otro día os hablaba del cuento de La Cenicienta y de su significado sentimental. Hoy quiero contaros una pequeña anécdota divertida (al menos para mi si lo es) sobre su lectura.

Cuando me regalaron el cuento ya me encantaba leer y devoraba sus escasas páginas con autentico placer, recreándome tanto en las ilustraciones como en las palabras y se que desde el primer momento seguía perfectamente la historia: la pobre cenicienta maltratada por madrastra y hermanastras, su hada madrina que convertía su sueño en realidad, el baile con el príncipe, la perdida del zapatito y finalmente la maravilla de ver como el príncipe la reconoce y la lleva a su palacio para convertirla en princesa.

Siendo como era un cuento de hadas para niñas su lectura no debía resultar complicada, pero mi vocabulario a esa edad no era demasiado extenso evidentemente y seguramente había palabras en el cuento que leía por primera vez en mi vida, como bien pudo ocurrir con la palabra “trocó”, cuando el hada madrina convierte con su varita los harapos en precioso vestido y también probablemente me ocurría lo mismo con la expresión “briosos corceles”. Sin embargo no me impidieron entender su significado dentro del texto gracias a las ilustraciones que lo acompañaban, donde veía maravillada el precioso vestido de Cenicienta, la carroza o los “briosos corceles”, como maravillosos caballos blancos.

Había una palabra, por el contrario, que siempre que la leía se me quedaba atascada entre los dientes, le daba vueltas y mas vueltas sin conseguir averiguar qué quería decir. No parecía ser demasiado importante en el conjunto de la historia, pero me fastidiaba no saberlo.
Seguramente desde nuestra perspectiva de hoy en día, estaréis pensando en lo fácil que hubiera sido preguntárselo a un mayor. Pues no, a los mayores entonces no se  les importunaba con semejantes tonterías y ni siquiera se me ocurrió preguntarle a mi hermana mayor. Es probable que me hubiera prestado algo mas de atención que mis padres, pero también podía despacharme sin mas miramientos como si de una mosca importuna se tratara. Quizá también me daba vergüenza reconocer que no lo entendía, el caso es que cada vez que me enfrentaba a esa frase, me quedaba por un momento enganchada en ella con su sonido extraño e indescifrable.

Para que podáis entenderme mejor quiero que hagáis un pequeño ejercicio e imaginéis a una niña de seis años que sabe leer pero desconoce absolutamente la existencia de los acentos, no digamos ya de las tildes, y que la eficacia de su lectura comprensiva depende del conocimiento previo que tiene de las palabras a las que se enfrenta y de su pronunciación correcta.
Si partimos del desconocimiento de la palabra lo más probable es que la descifremos como una palabra llana, ya que las palabras graves son las  más comunes en nuestro idioma. También sabemos todos cómo puede cambiar el significado de una palabra en función de su acento y de su correcto uso.
Pues esto es lo que me pasaba a mí con la susodicha palabrita. Que siendo aguda y a pesar de llevar su tilde (seguramente ni siquiera reparaba en la rayita esa que colocaban en algunas letras) yo la leía y pronunciaba tanto mentalmente como en voz alta como una palabra grave que perdía por completo su significado y dificultaba mis posibilidades de reconocerla.

Llegué a la conclusión con el tiempo de que debía tratarse de una característica del nombre al que acompañaba, aunque también desconocía lo que era un adjetivo, si era capaz de reconocerlos de forma instintiva al leer, así acabas por comprender cuando lees “la mesa grande”, “el vestido amarillo” o “la niña alegre”, que la palabra detrás de mesa, vestido o niña nos da información adicional sobre esa palabra. 
Deduje que esa palabreja incapaz de descifrar debía ser una característica de la palabra “caballero” a la que acompañaba, como podían haber querido decirme que era alto, moreno, alegre o severo.

Ahora voy a escribiros la frase y voy a pediros, por favor, que la leáis como yo lo hacía con seis años, voy a escribirla sin tilde para que sea más fácil ponerse en mi lugar y debéis olvidar que conocéis su significado para que podáis entender mi desconcierto.

“Un rico caballero enviudo y para que su hijita tuviese una madre que velara por ella…”

¿Os parece gracioso? A mi me traía por la calle de la amargura: “un rico caballero enviudo, un rico caballero enviudo, un rico caballero enviudo”, me repetía una y otra vez intentando descifrarlo sin conseguirlo.

¿Qué era un caballero enviudo? ¿grueso, antipático, triste?

Si vais a la entrada del jueves pasado y miráis las fotos del libro os daréis cuenta de que no hay ninguna del “rico caballero enviudo” que pudiera darme una mínima pista de lo que querían expresar esas palabras, quizá de ver a un señor triste y vestido de negro hubiera llegado a deducir algo, aunque yo no supiera lo que significaba ser viudo. Pero estaba completamente desamparada, sin recursos lingüísticos suficientes ni pistas visuales que pudieran ayudarme.

Mi maravilloso cuento acabó con el tiempo perdido en algún estante sin que le dedicara más que una mirada pasajera que se deslizaba por su lomo rápidamente sin detenerse en él. Otras lecturas interesantes lo habían desplazado y solo muchos años después acerté un día a reparar en él rescatándolo de su olvido y abrí sus páginas deseosa de recuperar por un momento la magia de otro tiempo.
Tras demorarme en sus ilustraciones y aspirar su olor algo polvoriento y evocador, me dispuse a leerlo. Mis ojos se posaron sobre la primera  frase del libro y de repente se abrieron como platos y una gran bombilla se encendió de golpe en mi cerebro alumbrando por fin el significado de aquella palabra que se había resistido a mi conocimiento infantil, convirtiéndose en un chinato con el que tropezaba cada vez que leía mi cuento:
                          
                     enviudó, enviudó, enviudó, enviudó, enviudó


Por fin la palabra brillaba en todo su esplendor alumbrada por la luz del conocimiento y del reconocimiento
Me repetía una y otra vez con una sonrisa de oreja a oreja...


 ¡¡¡¡UN RICO CABALLERO ENVIUDÓ!!!


Durante un rato no pude parar de reír, sorprendida porque aquella palabra que tan exótica y ajena me parecía de niña no era una característica extravagante del caballero sino el vulgar pretérito perfecto simple del verbo enviudar. Por fin el misterio quedaba desvelado y podía darle una lectura redonda y perfecta a aquel cuento que me había hecho soñar, a pesar de la palabrita, con hadas madrinas, príncipes azules y zapatitos de cristal.






Seguro que vosotros también tenéis anécdotas similares, ¿recordáis alguna?

22 comentarios:

  1. jajajajaja, bonito recuerdo!!! La verdad es que no, no recuerdo ninguna similar, jeje. Un besote!!

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    1. Siempre me ha hecho gracia recordar mis apuros con aquella palabrita.
      Besos

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  2. Tu recuerdo es muy original y me ha tenido atrapada durante todo el relato. Besicos.

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    1. A la búsqueda de la palabra misteriosa, jaja.
      Besos

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  3. Qué bien relatado Jara, estaba cada vez más intrigada con esa palabra y su pronunciación incorrecta. Me ha gustado mucho. No recuerdo ninguna palabra así, aunque como anécdota lingüistica, que me deja a la altura de una repelente total te cuento que una vez una tía-abuela (esa hada madrina que ya te comenté) nos dijo: Niños voy a repartir los mantecaos. y cuenta la leyenda (o más bien mi madre) que muy redicha yo le dije: Se dice voy a distribuir los mantecados. Todos lo encontraron gracioso excepto mi madre, que le perecí lo más redicho del universo (le doy la razón, jajajajajjajaja). Es que los niños, ya se sabe, puedes esperar cualquier cosa:)
    Un besito y gracias por compartir esta anecdota

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    1. Pues voy a estar de acuerdo con tu madre. Eras una "marisabidilla", jajaja. Me ha gustado tu anécdota. Muy propia de los niños y muy graciosa.
      Besos

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  4. Nos has mantenido en vilo con la palabra duerante todo el relato! Y muy graciosa la anécdota, jajaja. No re uerdo ninguna parecida, mas que nada porque yo he sido de las niñas incordiantes y preguntonas todo el rato. Mira que tenía que se pesada
    Besotes!!!

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    1. Había que mantener el suspense...
      Me temo que yo era muy mía, me gustaba apañármelas sola y así me iba a veces, jajaja.
      Besos

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  5. De pequeña debía de preguntarlo todo porque no me acuerdo que haya sufrido ninguna inquietud lingüística como la tuya. Sin embargo, ya de jovencita, me ocurría a menudo con las canciones. Como siempre he sido, y soy, escuchante de canciones en español, en montones de ellas me surgía una palabra con la que tropezaba, sin entender su significado. Generalmente, le ponía otra, a mi antojo, y seguía con la música, hasta que en un momento dado, se me encendía esa lucecita que citas y lograba identificar la palabreja en cuestión. ¡Qué relato más "enganchador", Jara! Un beso.

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    1. Lo de las canciones también me ha pasado un montón de veces y la palabra "imaginada" casi nunca se parecía en nada a la original.
      Besos

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  6. Qué bonito recuerdo y graciosa anécdota, yo no tengo ningún recuerdo similar de la infancia aunque alguna vez he tenido que volver a leer alguna palabra que se han olvidado de acentuar y el significado cambia totalmente
    besos

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    1. ¡Parece mentira lo importante que puede llegar a ser acentuar bien!
      Besos

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  7. Jaja ¿qué será? ¿qué será esta palabra? ¿Y no dabas la lata?... Pues yo, era una preguntona sin remedio: "Y ¿por qué? y ¿por qué?" jajaja

    Una anécdota de palabras interpretadas: mi hijo, seis años, disfrazado de vaquero, jugando con la gata y habiendo oído en una peli del oeste la expresión "¡rata de cloaca!" le dijo al pobre animal: "¡ven aquí, rata polaca!" a lo cual su hermana dos años mayor le corrigió en plan marilistilla:" No es una rata y no es polaca: es siamesa" Ya no podemos oír la palabra "cloaca" sin romper a reír.
    La magia de la niñez que no se complica la vida.
    Me ha encantado tu relato y las viñetas de Mafalda (¡me chifla esta niña!)
    Besotes

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    1. Yo era una niña muy "yo me lo guiso, yo me lo como", con los deberes tampoco dí nunca la lata, no preguntaba nunca.

      Muchas gracias por la anécdota Framboise, me ha encantado. La confusión del pequeño y como lo "arregla" la mayor, jajaja.
      ¡A mi también me encanta Mafalda! ¿se ha notado? :)

      Besos


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  8. Qué bueno el recuerdo y qué manera de compartirlo, al final me has hecho reir!!!
    Yo recuerdo que leía un cuento titulado La sirena de Copenhague... y mi mayor duda era saber de narices estaba hecha para que fuera tan díficil de pronunciar. Y así pasaron años!!!
    Besos

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    1. Pues tu sirena igual podía haber sido de... chocolate, es vez de algo tan complicado como Copenhague, ja,ja. Supongo que descubrir que era una ciudad debió ser para ti como para mi descubrir que el caballero enviudó. Gracias por compartir tu anécdota.
      Besos

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  9. Que bueno Jara, como me ha enganchado tu relato y al final me he reído un montón. Es que lo cuentas muy bien! Que querría decir "enviudo" a esa edad yo tampoco sabia como seria un hombre así. Jajaja.
    Una vez tuve que aprenderme "La vaquera de la Finojosa" llegue a la escuela y dije que no la sabia, no podía entender porque estaba tan mal escrita, pero ni pregunte ni me contaron el porque de la famosa serranilla.
    Besos.

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    1. ¡Hay que tener ganas de complicar la vida a los niños! No me extraña que te negaras a recitarla, yo hubiera pensado que allí había "gato encarrao". Muchas gracias por tu anécdota.
      Besos

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  10. ¡Que historia más simpática! Me has tenido en ascuas hasta el final.Yo soy muy preguntona, supongo que de pequeña me pasaría igual y no tengo ninguna anécdota, al menos no tan graciosa que se me haya quedado grabada.Besos Jara

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    1. A mi me tuvo la palabrita intrigada mucho tiempo y acabé muerta de risa cuando descubrí su significado y eso es precisamente lo que pretendía transmitir.
      Besos

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  11. Jara, entre Mafalda y tú me habéis tenido intrigado... ¡Menos mal que encontraste la tilde y el sentido a la palabra! Te lo digo porque yo tampoco sabía lo que era un caballero enviudo...
    ¡Besazos!

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    1. ¡Las vueltas que le dí a la dichosa palabra! ¡y lo que cambia esa rayita tan pequeña!¡Como si de una varita mágica se tratara!
      Besos

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