¿Quedamos a tomar café?

Yo me dispongo a tomarme algún que otro cafetito mientras tecleo, intentando pensar con cada sorbo y escribir entre uno y otro disfrutando de un momento especial en el que pueda volcar ideas, opiniones, sobre libros, música, imágenes, dar rienda suelta a algún que otro desvarío, desahogar algún grito, espero que también algo de humor, a través de esta gran ventana virtual.

Abierta queda. Si alguien quiere tomarse un café conmigo bienvenido sea.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Estado de la cuestión veraniega

Síndrome post-vacacional o Resaca Veraniega o Berrinche del Veraneante Frustrado, con nombre rimbombante o sin él a mi me pilla siempre. A veces pienso que en realidad lo que yo padezco es un Síndrome Inter-Vacacional que dura desde el fin de unas y hasta el principio de las siguientes, pero quizá estoy exagerando un poquito, síntoma sin duda del síndrome. Como esta entrada, que obedece también a la necesidad de enfrentarme a él.

Dicen que no hay nada mejor para superarlo que repasar las fotos, recordar lo vivido y planear la siguiente escapada. Lanzar un cabo al que agarrarnos para no sucumbir ante este otro reencuentro con la realidad cotidiana, con el despertador que te arranca sin contemplaciones del sueño, con la tiranía de los horarios y los deberes inexcusables.

Acabo de ver a más de uno que se ha echado a temblar. Tranquilos, no voy a contaros mis vacaciones, creo que no hay nada más tedioso que escuchar el relato pormenorizado de las vacaciones ajenas. Sin embargo creo que este espacio que acoge con tan buena disposición todos los desvaríos que se pasan por mi cabeza es el mejor escenario para desahogarme. Con un par de cafés y arrellanada en una butaca pienso utilizarlo como terapia personal. Avisados estáis.

No pretendo, de todas formas, detallar aquí las vacaciones, por un lado porque me las conozco al dedillo y además para eso ya llevo, cuando me parece necesario, un diario de viaje. Por otro porque mis últimas entradas han ido precisamente sobre ellas y hasta yo misma me canso de escucharme. No, se trata de otra cosa. Se trata más bien de ponerme ante ellas o ponerlas a ellas ante mi y hacer un pequeño balance que me ayude a superar este mal trago. 

Estado de la cuestión veraniega:

¿Se han cumplido las expectativas? ¿Han servido para descansar, desconectar, olvidar trabajo, obligaciones y deberes? ¿Han sido un aliciente, han satisfecho mi curiosidad insaciable por descubrir nuevos paisajes? 

Pues allá voy. (Momento adecuado para hacer clip sobre el aspa que cierra esta pestaña y a otra cosa mariposa)


Mis vacaciones de este año han sido modestas y no hablo aquí de dinero (que dicen que es de mal gusto, pero en realidad es que no viene al caso) sino modestas en su concepción. Nada de grandes viajes, ni circuitos con distintos puntos de interés, ni grandes descubrimientos... Lo cual, en realidad, tiene sus ventajas, sobre terreno conocido no caben decepciones. Y no las ha habido.

Los objetivos eran muy simples, muy sencillos. Descansar, alejarme, olvidarme, no tener prisas, no tener que hacer nada especial, no cumplir un programa, dejarse llevar, preguntarse de día en día ¿qué me apetece hoy? 

Ha sido un volver, un reencuentro. Por un lado el pueblo, sus paisajes, su olor, la familia, los amigos y el pasado. Sensaciones que intenté meter malamente entre cuatro palabras hace unos días. Y por otro, tras el calor sofocante de un rincón perdido en Ciudad Real,  nada como el verano en el norte. Siempre vuelvo al norte. Que las temperaturas casi nunca sobrepasen los 30º centígrados le da muchos puntos. Como ya he contado en más de una ocasión, el calor y yo no nos llevamos precisamente bien. Me encanta esa incertidumbre entre las nubes y el sol, entre la lluvia y la niebla. ¿Será día de playa o de excursión? ¿de tirarse al sol o de pasear con un chubasquero a la cintura?
Mar y montaña. Azul y verde. También he hablado ya de ello por eso prefiero para resumirlas recurrir, con su permiso y alguna variación,  a las palabras de Pablo Milanés:


No son perfectas, más se acercan a lo que yo simplemente soñé.


Y Del sueño a la pesadilla no hay más que un paso. O unos kilómetros que se hacen muy cortos. Llevo una semana intentando aterrizar en la realidad con suavidad. No lo consigo del todo, aunque me repita a mi misma todas las razones objetivas que tengo para alegrarme de tener un trabajo al que volver y una rutina que no es más que el mejor síntoma del discurrir constante de los días. Me cuesta enfrentar ese paisaje compacto de números negros que me mira desde el calendario.

Hoy, al menos, con la complicidad de este café, compruebo que los objetivos de las vacaciones se cumplieron sobradamente, bueno... quizá el capítulo de nuevos descubrimientos quedó un poco más corto de lo inicialmente previsto, pero, como dije  al principio, cuando lo ya conocido es de nuestro agrado volver a ello no decepciona nunca.

Esta entrada tenía que haberse publicado ayer, porque a estas alturas, con el curso empezado y las piscinas cerradas, va siendo hora de cerrar el capítulo veraniego de una vez por todas. Y tentada he estado, una vez que no lo conseguí, de olvidarme de ella, pero creo que la terapia bloguera va a surtir mejor efecto si me la quito de encima publicándola y viéndola desde fuera, como algo ajeno. Además, si alguien ha conseguido aguantar hasta aquí, además de darle las gracias por formar parte de ella, me encantaría compartir su estado de la cuestión veraniega: 

¿Han cumplido vuestras vacaciones sus objetivos y vuestras expectativas? ¿Os cuesta, como a mi, la vuelta al trabajo y la rutina?

jueves, 12 de septiembre de 2013

Adoro la playa


 Jueves, 5 de septiembre

Después de 8 días de sol constante y cielos despejados, las nubes reclaman un espacio propio en el cielo. A pesar de ello, como adoro la playa, escribo instalada en mi silla de plástico naranja, con una gran extensión de arena vacía delante y frente a un mar más gris que azul. Escribo, como todas las mañanas de estos últimos días, para cuando ya no esté aquí. Para cuando mi horizonte no sea azul-mar y azul-cielo y el murmullo de las olas rompiendo a mis pies deje paso al ruido del tráfico incesante y machacón de las calles de la ciudad.

Adoro la playa. Sentarme en mi silla bajo la sombrilla o tumbarme sobre la arena caliente con el sol secando mi piel tras el baño y no tener nada que hacer. Es el momento de dejar descansar a la razón, de dejar que los sentidos sean los protagonistas. Es tiempo de sentir. La brisa acariciando mi piel, los pies hundiéndose en la suavidad de la arena, el intenso olor de las algas, los acordes del mar subiendo y bajando, ahora rompe una ola con fuerza, ahora se retira el agua con un murmullo suave, la ingravidez primitiva del cuerpo dejándose mecer por el mar rodeada de cielo. Es la alegría pura de mezclarte, confundirte, diluirte, en, entre, sobre, con el mar, el cielo, el aire y la tierra.

Adoro la playa. Y como la adoro necesito un poco de espacio para disfrutar de ella. Por eso se me llevan los demonios cuando la encuentro abarrotada y en agosto resulta harto difícil evitarlo. Lo sé. Intento en la medida de lo posible esquivar las peores fechas pero a veces simplemente no es posible y en esos casos tengo que armarme de paciencia y decirme voluntariosamente que todos tenemos derecho a nuestra parcela de playa, pero, ¡por favor! ¡que no sea pegada a la mía! Siempre y cuando se guarden las distancias (lo suficiente al menos para que las conversaciones sean privadas) me gustan las playas habitadas, no superpobladas.

Temo especialmente a los grandes grupos familiares que plantan varias sombrillas, tienen mucho que contarse a grandes voces (porque, claro, el círculo es muy amplio) y desparraman neveras, juguetes y niños de todos los tamaños que no paran quietos y cuyas voces chillonas, ya sea jugando o peleando, invaden un amplio espacio aéreo que colisiona irremediablemente con el mío. ¿Alguien sabría explicarme qué impulso hace que habiendo suficiente cantidad de arena libre a tu alrededor alguien decida colocar su sombrilla pegada a la tuya? Porque reconozco que hay días en los que la competencia es dura, pero en otras ocasiones me resulta incomprensible. Mi chico dice que es el espíritu gregario y a mi se me escapan sapos y culebras por la boca.

Pero adoro la playa y ver a los chiquitines desnudos, embadurnados de arena, correr chillando de alegría hacia las olas. Y a los mayores que apoyados en un bastón no renuncian a caminar por la orilla buscando el masaje bienhechor de las olas sobre sus piernas cansadas. Y me gusta el colorido de las sombrillas y el vuelo de las cometas a la caída de la tarde y el run-run de felicidad que se desprende de esa amalgama de cuerpos liberados de tacones y corbatas, de sonrisas falsas y palabras huecas. 

Y adoro la playa, ahora, en este preciso momento en el que el sol finalmente le ha ganado la batalla a las nubes y me regala un ancho, inmenso horizonte, donde el azul profundo del mar corre a encontrarse con el azul limpio del cielo sin que sombrilla alguna, ni voces discordantes, rompan este momento perfecto. Y escribo esto desde mi tumbona de plástico naranja para poder leerlo cuando ya no esté aquí.



lunes, 9 de septiembre de 2013

De vuelta

Abro la puerta. Toda parece en orden. Levanto las persianas, abro ventanas para que corra el aire nuevo y se lleve sombras y espíritus gastados. Coloco sillas y sillones, acomodo cojines y paso revista. Servicio de café, te e infusiones varias, presentes. Alineadas y firmes, intentando en su modestia y segundo plano llamar mi atención, dos o tres botellas de licores aguardan mi gesto de asentimiento, de conformidad, sin relajarse cuando por fin se produce. Por el rabillo de ojo me ha parecido ver que la cafetera me dirigía un guiño cómplice y tengo la impresión de que el azucarero esboza una sonrisa tímida.

Dejo mi cuaderno de ideas sobre una mesa. De entre sus páginas saldrá, o así lo espero, alguna que otra historia que compartir con vosotros. Busco acomodo en la librería para los libros leídos en este tiempo. Me miran, mudas ya sus historias, intentando adivinar si serán protagonistas de alguna página del blog. Me encojo de hombros, no tengo respuesta. Ni yo misma lo sé aún. ¿Papel protagonista para alguno? La verdad es que los hay que se lo merecen, pero conociendo mis dificultades o mi pereza para ello quizá tengan que conformarse con una obra coral en la que todos aparezcan con un pequeño papelito.

Me coloco en el centro con los brazos en jarras y la cintura ligeramente echada hacia delante (herencia de la abuela materna) y echo un vistazo a mi alrededor. No se nota mi ausencia. Está claro que sois dignos de toda confianza y que hice muy bien en dejarlo en vuestras manos. Entre vuestras visitas y mis esporádicas incursiones hemos conseguido que las arañas no ocupen los rincones. Todo aparece en su sitio y sin una mota de polvo.

Sí, todo está pues de nuevo a punto. Voy a poner la cafetera y a sentarme un momento a repasar mi cuaderno mientras me tomo un café (acabo de comprobar que el hielo también permanece en formación en el congelador)




¿No os llega ya el olorcito? Aquí os espero.


viernes, 30 de agosto de 2013

Días felices



Queridos amigos:

Cada amanecer me recibe con una gran sonrisa y cada noche me acuesto con un guiño a las estrellas.

Así son los días de vacaciones: brillantes y perezosos, lánguidos y fugaces. Vivaces, alegres, amarillos y rojos, azul pastel y verde mar. La dicha está en el cosquilleo de la arena entre los dedos de mis pies, en la cresta de la ola que me levanta y me envuelve en su espuma y espera, paciente y fiel, entre las páginas del libro que descansa momentáneamente olvidado sobre una toalla tendida al sol.

Siento haber tardado tanto en escribiros pero espero que entendáis el inevitable olvido, la necesidad de romper con la rutina y de alejarme no solo física, sino sobre todo mentalmente, de ella. A punto de cerrar este paréntesis os escribo desde la orilla del mar Cantábrico, con un agua transparente y fría como cristal lamiendo mis pies y bajo un sol amable, apurando, bebiendo a sorbos cortos e intensos los últimos días de las vacaciones.

Con la brisa fresca del mar os envío un montón de besos y un abrazo grande.

                                                                                                 Jara




P.D. Antes de poner en marcha de nuevo el saloncito del café iré visitando poco a poco vuestros espacios para ponerme al día de lo que se ha cocido en ellos durante este tiempo de ausencia.


domingo, 18 de agosto de 2013

En una tierra dorada


Sol y moscas.
Caminos polvorientos.
Paredes encaladas.
Y una luz despiadada
que hiere los ojos,
                 pero... ¡qué luz!

Lomas amarillas
de pasto caliente
y perfume de jara.
Suaves colinas moteadas
de encinas cansadas.

Golondrinas bailando,
piando alborozadas
en la tarde callada
que despacio, con calma,
se acerca a la noche
vistiéndose espléndida
con sus mejores galas.

Esta paz sin contornos
que te roza la piel
y este cielo infinito
que ensancha el alma.

Un año más,
mi corazón y mis raíces,
se encuentran y se abrazan
sobre esta tierra dorada.


viernes, 26 de julio de 2013

Tour cervecero


No podía dejar pasar este último viernes de mes sin ofreceros un viaje, pero dado el carácter de autoservicio que he implantado este verano y ahora que cada mochuelo está fuera de su olivo he decidido reinterpretar la salida de hoy y ajustarla a los rigores veraniegos. Nada de patear calles ni ver piedras, hoy os propongo un circuito cervecero, sí, sí, habéis leído bien. Quizá no todos estéis de acuerdo conmigo en que tomar una cerveza helada  en una terraza es de lo mejorcito que nos ofrece el verano, pero seguro que sí coincidís casi todos en que uno de los mayores placeres de las vacaciones es el turismo gastronómico y que dentro de éste la sana costumbre del aperitivo, lo que vulgarmente llamamos “tomar unas cañas”, puede reportarnos momentos verdaderamente inolvidables de nuestras vacaciones. ¿Qué son unas vacaciones sin chiringuito? ¿Hay algo mejor tras una mañana de playa o una tarde de paseo que sentarse bajo una sombra fresca y pedir una cerveza bien fría acompañada de …

En el Arenal d'en Castell en Menorca
...unas rabas en Santander,
...un pulpo a feira o unos mejillones en cualquiera de las rías gallegas,
...unas sardinas asadas en Málaga,
…unas gambas a la plancha en Huelva,
...en cualquier punto de la costa andaluza un pescaito frito,
...unas papas arrugás en las Canarias,
...un choricito a la sidra o unas patatas al cabrales en Asturias
...cualquiera de los deliciosos y variados pintxos que nos tientan desde la barra de cada bar en el País Vasco,
...una ración de guarrillo en mi pueblo,
...o unas bravas o un pincho de tortilla o unas croquetas  en cualquier sitio. 
Y en toda la costa de Levante y Murcia perdono el aperitivo para pasar directamente al arroz, al de sentarse con hora a la mesa, en su punto: arroz a banda o negro o con bogavante o en caldero si estamos en Murcia.

¡Hummmm! se me hace la boca agua sólo con escribirlo. ¿A que resulta un recorrido de lo más apetecible?

¡Vaya! Ya me parece oír a alguien rezongando porque no le gusta la cerveza. Vale, admito que haya quien prefiera otra bebida como el tinto de verano o un vermut, por ejemplo, para estos menesteres, incluso en algunos casos hasta yo podría renunciar a la cerveza en favor de un fino o una manzanilla al sur, un ribeiro gallego o un culín de sidra asturiana, pero si a alguien se le ocurre acompañar unas sardinas asadas o un pulpo a feira con una Coca-Cola mejor que no me lo cuente. Ahora bien, y a riesgo de ponerme un poco pesada, en mi opinión, nada quita mejor la sed que ese primer trago largo de cerveza recién tirada con su dedo de densa espumita.

Seguro que a vosotros se os han ido ocurriendo un montón de deliciosas posibilidades, esas que no os perdéis ningún verano, ya sea en la terraza del bar de abajo o en el chiringuito de la playa de turno o en esa terraza en la que pasasteis un rato inolvidable. Estaría encantada si las queréis compartir conmigo, seguro que me apunto más de una.

Siento no poder ofreceros imágenes que ilustren la ruta de hoy, pero aunque he buscado entre la maraña de fotografías veraniegas y he encontrado unas cuantas tomadas en terrazas y chiringuitos, ninguna era digna de ser expuesta en público. ¡En prácticamente todas, los vasos están vacíos y los platos sólo contienen las últimas evidencias de que allí hubo algo delicioso! Eso sí, los rostros que generalmente acompañan tales muestras lucen una sonrisa que da fe de que allí mereció la pena pararse.

A pesar de todo, encontré esta jarra de barro que no delata si la foto se hizo antes o después, aunque quizá el cartel borroso puede dar alguna pista. He dudado al incluirla porque la terraza en la que se hizo está bastante lejos de cualquier costa, pero al final he pensado que el tour no estaría completo del todo si no hago una paradita en una terraza de mi ciudad, en lo que se ha convertido ya en un clásico que se repite desde hace varios veranos: cerveza acompañada de tortilla de patatas con pimientos en la Plaza de Olavide. Nos falta el mar, pero siempre hay algún músico que pone toda su buena voluntad en animar la velada.

¡Hoy, cerveza para todos! 


Estéis donde estéis, de vacaciones, en casa o trabajando, brindo con vosotros por estas banalidades que son las sal y la pimienta del verano: por las terrazas, los chiringuitos, los aperitivos, la cerveza fría (o... lo que sea) y por las jugosas charlas que surgen a su vera.



                                                       ¡¡Salud!!

martes, 16 de julio de 2013

Régimen de autoservicio

¡¡Blog!! ¡¡por qué me has abandonado!!

¡Huy! ¿me estaré equivocando? ¿no será al revés? 

Pero hasta aquí hemos llegado, de hoy no pasa que pase a dar una vuelta por el saloncito del café. Salí el 28 de junio y como quien dice he dejado colgados a los últimos visitantes que han pasado buscando su cafetito, así sin más, sin aviso de vuelvo en cinco minutos (siempre son cinco minutos, tardes lo que tardes) ni cartel de cerrado por vacaciones. Y ha sido así porque ni yo misma pensé que iba a dejarme el negocio patas arriba, al menos no era esa mi intención.

Sin embargo, como he ido descubriendo desde que asomé la nariz por estos andurriales y eché el blog a caminar, mi voluntad o mis intenciones acaban chocando con un extraño e independiente espíritu propio del blog que parece tomar sus propias decisiones cuando así le peta. 

Lo fácil es echarle la culpa al calor. Yo en estas fechas siempre lo utilizo como excusa y además, para qué negarlo, es que realmente puedo llegar a convertirme en Mister Hyde en algunos momentos y en los otros sencillamente me quedo sin fuelle. 

Entre que voy y que vengo, que ahora no puedo levantar un dedo, que es la hora de la siesta, que voy a darme un baño, que vamos a salir a tomar el fresco, que... las bicicletas son para el verano y mi cerebro sólo funciona a bajas temperaturas. 

Tras el desconcierto de los primeros días y un no querer hablar del tema y dejarlo correr, creo que hemos llegado a una tregua que beneficiará a todas las partes. Lo mejor es darnos un tiempo más largo del inicialmente previsto. Sin malos rollos, sin rencores, sin forzar la relación. Me voy a distanciar un poquito. 

No descarto que en un arrebato irrefrenable me dejé caer por aquí algún día para contaros algún chismorreo o para desahogar cualquier humor que amenace con enquistarse. No olvidaré en ese caso venir bien provista de un bolsón de hielos para el café o la copa, y por supuesto tampoco faltará un delicioso té helado. 

He recogido el salón y bajado las persianas. Los veladores y silloncitos quedan cuidadosamente colocados en posición de descanso. Echo una última ojeada para comprobar que todo queda en orden y cuelgo el cartel en la puerta. Pero para que aquellos que os asoméis no os vayáis con las manos vacías os dejo una pieza musical que me vino a la cabeza el otro día mientras le daba vueltas a una idea candidata a convertirse en entrada del blog a la que no conseguí dar forma con las palabras y ha quedado en este vídeo. Sé que da un poco de pereza, pero es muy cortito, podéis verlo casi sin sentaros. 



El último, por favor, que cierre la puerta.