¿Quedamos a tomar
café? ¿Quién no ha formulado o contestado esta pregunta?
Con unas tazas de
café por testigos cuantas historias no se habrán tejido y destejido, cuantos
secretos susurrados, cuantos pactos, acuerdos, contratos y rupturas, cuantas
chispas no habrán saltado en un cruce de miradas con unas manos rozándose sobre
un velador de mármol.
Voy a hacer un
repaso:
Está el primer café
de una mañana laborable, generalmente un café tomado a toda prisa, sin
saborearlo, sin compartirlo con nadie, este casi no cuenta. Está el de la
máquina del trabajo, vaso y palillo de plástico, un brebaje que nunca
tomaríamos si no fuera porque es una excusa perfecta para darse un respiro y
charlar con los compañeros e intercambiar cotilleos, no tiene ninguna
trascendencia pero puede llegar a proporcionar momentos delirantes (Camera Café solo exageraba un poquito).
El
café que tomas con un amigo, con una hermana, con la pareja, de tú a tú, donde
el intercambio pasa a un terreno personal y que puede resultar muy gratificante
o absolutamente catastrófico, sin duda son los mas importantes porque casi seguro
que en la vida de todos hay uno de esos cafés grabado a fuego en nuestra memoria.
Y ese café delicioso
con alguien que todavía no sabes bien si te gusta, si tú le gustas, pero en el
tiempo que tarda el café en enfriarse en la taza, esperas la palabra, el gesto,
la mirada que te convenza, al tiempo que sientes tus manos torpes que no sabes
donde colocar, encima de la mesa, sobre el regazo, en la cucharilla que no paras
de dar vueltas y vueltas inútiles mientras piensas en la palabra certera y
dejas vagar la mirada sin saber bien donde posarla. A veces sale y a veces no,
pero el café ayuda.
De todos los cafés
“sociales”, yo me quedo con el de la sobremesa. Sí, sin duda mi
favorito es el café que viene tras una buena comida (buena no quiere decir
cara, no tiene que ser en un restaurante y ni siquiera es necesaria una
celebración) con unos amigos, con la familia incluso, ese café reposado que
puede venir acompañado de una copa o de un cigarro, pero que lo que lo hace
realmente especial es la conversación. Ese tiempo sin medida que puede acabar
cuando la luz del día empieza a apagarse o cuando la luz de la mañana despunta
tras los cristales, para hablar de lo divino y lo humano, para intentar
arreglar el mundo, para ponerlo todo patas arriba, para reírnos de todo y de
todos, sobre todo de nosotros mismos, con una pizca de acidez, con mucha ironía,
que puede llegar a degenerar en voces un poco altas o destempladas, en
encontronazos o escaramuzas, pero en el que la sangre nunca llega al río,
porque siempre habrá alguien que ofrezca otra taza de café en el momento
oportuno.
Sólo me queda tratar
el café no compartido, el que nos sirve para acompañar un rato de lectura,
escuchar música, la película de la tarde, o el que acaba enfriándose en la taza
mientras aporreamos el teclado del ordenador. Aquí el café propiamente dicho
cobra mayor trascendencia porque ya no actúa como mera excusa para el
intercambio social sino que es un fin en sí mismo. Ese ratito nuestro se merece
un buen café, aromático e intenso, acompañado de un chocolate puede ser sublime
y dejar que se enfríe por teclear en el ordenador imperdonable, aunque esto
ocurra casi sin darnos cuenta.
Yo me dispongo a
tomarme algún que otro cafetito mientras tecleo, intentando pensar con cada
sorbo y escribir entre uno y otro disfrutando de un momento especial en el que
pueda volcar ideas, opiniones, sobre libros, música, imágenes, dar rienda
suelta a algún que otro desvarío, desahogar algún grito, espero que también algo
de humor, a través de esta gran ventana virtual.
Abierta queda. Si algún día
alguien quiere tomarse un café conmigo bienvenido sea a la tertulia.